Este museo, conocido popularmente como “el de Cluny”, está situado en el Barrio Latino de París y resulta una visita muy recomendable. Su nombre oficial es “Musée Natiunal du Moyen Âge”, “Museo Nacional de la Edad Media – Termas de Cluny”, y ofrece una atractiva combinación de ruinas galo-romanas integradas en una mansión medieval, así como una de las mejores colecciones de arte y artesanía medieval del mundo.
El Museo Nacional de la Edad Media se encuentra ubicado en dos monumentos parisinos excepcionales: las termas galo-romanas (siglos I-III) y el hotel de los abates de Cluny (fines del siglo XV), entorno que lo hace más interesante si cabe.
El nombre del museo proviene del abad de Cluny en Burgundia, Pierre de Chalus, que compró el edificio en 1330. Alexandre du Sommerard adquirió el Hotel de Cluny en 1833 e instaló su colección de arte respetando el entorno y con un fuerte sentido de lo dramático. Después de su muerte, el hotel y su contenido fueron vendidos al Estado y devueltos al Museo.
Alberga una interesantísima colección, desde la Antigüedad a la Edad Media, que se extiende en dos plantas, y se recorre de un modo realmente más ameno y ligero que otros museos más inabarcables.
Personalmente, es una de las visitas que más he disfrutado en París. Será que me atraen especialmente tanto la época como el estilo de las distintas artes que se dan cita en el Museo de Cluny.
Como el nombre del museo indica, su patrimonio es principalmente medieval y cubre una gama amplia de motivos: manuscritos ilustrados, tapices (con los famosos tapices dedicados a la Dama del unicornio, una de las salas más impresionantes), metales preciosos, cerámica, esculturas, delicados muebles, pinturas, trabajadas joyas…
Visitas en el recinto exterior del Museo de Cluny
Las termas galo-romanas son uno de los testimonios más espectaculares de la arquitectura antigua que se conserva sobre el suelo de Galia. En esa época, Lutecia se dividía en dos conjuntos urbanos, el primero, agazapado dentro de la Ciudad; el segundo, sobre el margen izquierdo del Sena (Montaña de Santa Genoveva).
Fue allí adonde se desarrollaron las villas y los monumentos grandiosos, incluidas las termas del norte, llamadas de Cluny, unas de las mejor conservadas. No las visité sobre el terreno, aunque desde el exterior del recinto se puede ver parte de ellas.
Además, recientemente se ha creado alrededor del hotel de los abades de Cluny los jardines inspirados en las colecciones medievales del museo. Estos jardines, de inspiración medieval, suprimieron las rejas y se abrió un paso hacia la calle Du Sommerard. Jardines, patios con fuentes, huertas, plantas medicinales… nos envuelven en este agradable paseo.
Información práctica para la visita
El Museo se encuentra en pleno Barrio Latino, nosotros lo vimos de camino a los preciosos jardines de Luxemburgo y el Panteón. Se ubica en Place Paul-Painlevé, 6 (metro: Cluny, St-Michel, Odeon; buses: 63, 86, 87, 21, 27, 85; RER: línea C Saint-Michel / línea B Cluny – La Sorbonne).
Abre todos los días excepto los martes, de 9:15 a 17:45 horas. La entrada con tarifa completa cuesta 7,50 euros, y existen tarifas reducidas y gratis para menores de 18 años, personas desempleadas, docentes en ejercicio, algunas categorías de estudiantes, discapacitados titulares del carnet Cotorep…, y para todos el primer domingo de cada mes.
El Museo Nacional de la Edad Media (Cluny) en París está incluido en las visitas del Paris Museum Pass, uno de los pases que ahorran dinero y tiempo en la capital francesa, si es que tienes previsto hacer varias de las visitas que incluye.
El Museo Nacional de la Edad Media (Cluny) en París
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Villa Rothschild

Se llama Villa Ephrussi y está ubicada en la exclusivísima Saint Jean Cap Ferrat, en la Costa Azul muy cerca de Niza. Un lugar de enormes mansiones y petits palais frente a las rocosas costas del Mediterráneo. Es un antojo de ricos convertido en museo.
Este palacete fue construido a principios de siglo XX por deseo de Beatrice de Rothschild, esposa del magnate, para albergar su colección particular de arte, porcelana, vestidos y muñecas. Es como una enorme casa de muñecas, o un pastel de bodas rococó XXXXXL.
Antes de entrar a ver sus colecciones, hay que detenerse en sus jardines. Diseñados como si fueran un barco que rodea la casa, tiene diversos sectores: jardín japonés, jardín de rocas, de aromáticas de la Provenza, jardín florentino, uno a la francesa con volutas de boj y el infaltable jardín de rosas.
La dueña de casa amaba el rosa. Se nota. Todo es rosa y dorado, con toques de estuco merengado aquí y allí. Terciopelos, brocatos y damascos tapizan paredes, muebles, sillas, sillones y sillitas cargados de almohadones. Un ejemplo clarísimo de lo que se ha dado en llamar el goût Rothschild, un estilo recargado y pasteloso inspirado en las cortes francesas del siglo XVIII. Estilo que rápidamente ganó adeptos entre los multimillonarios de principios del siglo XX y que fácilmente se exportó a Estados Unidos con ejemplos “maravillosos“ en Newport, Rhode Island, como las mansiones de los Vanderbildt.
La Villa Ephrussi o Villa Rothschild es monumento histórico de Francia desde 1996 y allí se realiza un encuentro anual de ópera. Está abierto al público todo el año de 10 h a 18 h (en invierno sólo por las tardes de 14 h a 18 h) y la entrada cuesta 12 euros.
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La Ciudadela de Lieja

La mejor forma de obtener las mejores vistas de Lieja es ascendiendo al Monte Bueren, donde se asienta su Ciudadela. Nuestra recomendación es que lo hagas subiendo los más de 370 escalones que la separan del casco histórico de la ciudad.
La Ciudadela de Lieja es una de las únicas dos de Europa con forma pentagonal (la otra es la de Jaca, en España). Un diseño urbanístico poco común en los tiempos de su construcción (1663-1674) con 5 puntas de estrella defendidas por torres. En ella encontraremos muchos rincones y callejuelas para perdernos: Fond Saint Servais o Du Pery, por ejemplo.
La ciudadela cuenta una larga historia de batallas, destrucciones y reconstrucciones. Su destino militar ha estado siempre presente hasta hace poco: durante ambas Guerras Mundiales la Ciudadela de Lieja sirvió de asiento militar, prisión y depósito de municiones.
Un lugar digno de visitar, aunque te acordarás de todo Diario del Viajero cuando veas la cuesta que deberás subir, a poco de salir de la Plaza Saint Lambert. Las vistas desde lo alto valen el sacrificio físico, y además comprenderás por qué a Lieja se la llama “la ciudad de los 100 campanarios”.
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Paris Photo celebra sus 15 años con las mejores fotografías del mundo
Paris Photo abre sus puertas al público por primera vez en el Grand Palais de la capital francesa, un marco incomparable para celebrar su decimoquinto aniversario. Es este fin de semana cuando se puede admirar la muestra de fotografías considerada de las más importantes del mundo.
Paris Photo exhibe al mismo tiempo obras maestras de las más grandes celebridades del momento y de jóvenes promesas, así como de aquellas figuras que marcaron la historia de la fotografía desde sus orígenes.
Este año tenemos 117 galerías de 23 países distintos, entre ellas la mexicana Grafika La Estampa y las españolas Guillermo de Osma, La Fábrica Galería y Max Estrella.
En 2011 tiene presencia especial en Paris Photo el África subsahariana, “de Bamako a Cape-Town”, de donde vienen cuatro conocidas galeristas y casi medio centenar de artistas. Destacan también Francia, con 40 galerías, y Estados Unidos con 23. La mayoría de aportaciones a esta gran exposición fotográfica son extrajeras.
Si estás en París este fin de semana, no dejes de contemplar las mejores fotos del mundo en Paris Photo, y no olvides deleitarte con el puente más bonito de París, que se encuentra junto al Gran Palais.
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Isla de Bréhat, Francia

En plena primavera, tuve la oportunidad de conocer la isla de Bréhat, en la costa de la Bretaña en Francia. En el mejor momento, cuando la “isla de las flores” despliega todo su encanto, pude recorrer este pequeño rincón, reservado a los amantes del slow travel o viajar lento.
En Bretaña encontrarás mucho pueblos y ciudades cuyos nombres comienzan por Plou que originalmente significaba “iglesia” o “pueblo”. Para visitar la isla de Bréhat deberás llegar hasta uno de ellos Ploubazdanec y desde su pequeño embarcadero, tomar un barco que en apenas 15 minutos te cruzará hasta la isla.
La llegada al embarcadero de la isla nos anticipa lo que nos acompañará durante el recorrido: casas señoriales, con magníficos jardines impecables entre los quiebres del terreno. En la Isla de Bréhat no están permitidos los vehículos a motor por lo que a partir de aquí debes confiar en tus pies o en una bicicleta. Este es el medio de transporte más usado y hay un par de lugares que por unos €5 euros te alquilan una bici con la cual podrás dar una vuelta completa a la isla en un par de horas. Así lo hice.
Entre calles de piedra se adivinan jardines a uno y otro lado: hortensias, agapantos, calas, rosas, rododendros, rosas chinas. Enormes arriates, grupos de arbustos y pequeños bosquecitos que marcan los límites entre las propiedades, a cual más prolija y encantadora. Así, pedaleando arriba y abajo de las lomas de la isla, llegamos a la “plaza” donde se ubica una de las iglesias de la isla.
Hablo de la Iglesia de Notre Dame, que data del 1651. En su portal se encuentran los nombres de todos los vecinos de la isla que perdieron su vida en batallas durante las Guerras Mundiales. Para acceder a la iglesia, por un costado, hay que entrar previamente al cementerio.
Pero no te detengas y sigue pedaleando conmigo. Nos queda subir al punto más alto de la isla para visitar la capilla de San Miguel edificada a mediados de siglo XIX en la cima rocosa de una colina. Desde su posición puedes tener una vista de 360 grados de toda la isla y sus innumerables calas. Esta capilla simple reemplaza a una más antigua que sirviera de de refugio a más de uno en las idas y vueltas revolucionarias de la historia francesa. La capilla actual, pequeña y blanca, está dedicada al santo y a los marineros.
Tómate un descanso para observar en detalle la Isla de Bréhat desde esta altura. Cuando bajemos, cruzaremos hacia la isla más pequeña para llegar al Finisterre bretón, para luego continuar descubriendo rincones antes que zarpe nuestro barco de regreso a tierra. Continuará...
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El castillo que inspiró al creador de Tintín en el valle del Loire
El personaje de Tintín ha dado para mucho a lo largo de los años. Podemos verlo en libros que se reeditan continuamente, artículos de merchandising, exposiciones y también se ha colado en la industria del turismo.
Entre los meses de abril a noviembre se puede visitar el Castillo de Cheverny, uno de los tantos castillos señoriales situados en el Valle del Loire francés. Pero éste tiene un atractivo especial para los tintinófilos pues es uno de los lugares que inspiraron a Hergé, el autor del famoso cómic de cuyo nacimiento se celebran este año 100 años.
Ubicado a pocos kilómetros de la ciudad de Bois, también es conocido como el castillo de Moulinsart, base de operaciones del capitán Haddock, uno de los protagonistas de la tira, y en otra época morada de uno de sus antepasados, el caballero François de Hadoque.
Abierto a los turistas desde el año 1922, cuenta a partir de comienzos de este año con una exposición permanente llamada Los secretos de Moulinsart dedicada íntegramente al personaje de Tintín donde siete salas introducen al visitante en el fantástico universo del reportero.
Pero no sólo los fanáticos del cómic encontrarán cosas interesantes. Es considerado como el castillo del Valle del Loire mejor amueblado pues contiene salas intactas, tapices centenarios y piezas originales pertenecientes a la época de oro francesa. Entre otras cosas, sirvió de refugio para albergar obras de arte de las colecciones nacionales como La Gioconda durante la Segunda Guerra Mundial.
Los castillos del Valle del Loire atraen un buen número de turistas a la zona, sin duda a partir de ahora se sumará a ellos un montón de amantes de las aventuras de Tintín.
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Centre Pompidou, París
Si el museo de Orsay se situaba entre mis favoritos de París, probablemente sea el Centro Pompidou aquél que le sigue en orden de preferencia. Ambos presentan algún punto en común, a pesar de sus diferencias.
Como el primero, el Pompidou se puede recorrer en una sola jornada y la visita no acabará con las suelas de nuestros zapatos. Y, también como el Orsay, el edificio que alberga las distintas colecciones vale la pena en sí mismo.
El Pompidou se encuentra en el distrito 4 de París, cerca de Les Halles y Le Marais. La construcción tuvo sus orígenes en 1977, no sin cierta polémica, debido a su innovadora estructura. Lo peculiar del edificio es que parece construido al revés, con sus “tripas” volcadas al exterior: escaleras, ascensores, tuberías, vigas y estructura de acero se muestran al viandante formando un espectacular laberinto de colores.
Los arquitectos Richard Rogers, Renzo Piano y Gianfranco Franchini pudieron de ese modo crear un espacio casi diáfano en el interior. El edificio ha sido comparado en múltiples ocasiones con una refinería de petróleo.
Un código de colores viste las distintas estructuras e instalaciones diferenciando las funciones de cada elemento. Las piezas pintadas de rojo cumplen la función de comunicación (ascensores y escaleras), el verde son las instalaciones del agua (fontanería, desagües…), el azul corresponde a la climatización, el blanco a las tomas y extracciones de aire y el amarillo a la electricidad.
Pero hablemos del contenido. El Museo Nacional de Arte Moderno ocupa las plantas 4ª y 5ª del edificio, y cuenta con unas colecciones estupendas de arte moderno y contemporáneo. Encontraremos obras fauvistas, cubistas, surrealistas y de arte pop, con artistas de la talla de Matisse, Miró, Picasso, Pollock, Duchamp, Braque, Picabia, Kandinski… que muestran sus pinturas y esculturas.
Pinturas, esculturas, pero también collages, composiciones que ocupan toda una estancia, mecanismos diversos, sonidos, luces, colores, libros y hasta un coche abollado se convierten en obras de arte gracias al mágico toque de sus autores.
La sexta planta alberga una terraza (cerrada en invierno) con unas bellas vistas panorámicas de París. No hay que perdérsela. En esta misma planta hay otro espacio que no se puede dejar pasar, y que se amplía en verano con la terraza que acabamos de mencionar: el restaurante Georges (imagen sobre estas líneas), con un vanguardista diseño que no dejará indiferente. Aunque sea para tomar un café, vale la pena entrar a echar un vistazo a este lugar.
El sótano se emplea para proyecciones de cine, conciertos, reuniones…, mientras que las primeras plantas albergan exposiciones temporales, tienda, taquillas, una cafetería… La biblioteca se sitúa en el segundo piso, tiene una capacidad de más de 2000 personas y cuenta con un importante archivo.
Pero salgamos a la calle. Frente al edificio tenemos una enorme plaza pública en la que se hacen actividades relacionadas con el centro. Punto de reunión de jóvenes parisinos, de actores callejeros, dibujantes, vendedores… y cómo no, visitantes que se acercan a vivir este peculiar ambiente, sentados en el suelo, si el clima lo permite. Y aquí hay gran diferencia.
He tenido la suerte de visitar el Pompidou en verano y en pleno invierno, y realmente el ambiente es muy distinto. Pero todo tiene su encanto. No importa que el verano haya pasado. La gente anda con prisa por el exterior y se refugia en los cafés colindantes cuando el frío hace estragos, y ya sabemos que los cafés parisinos son los cafés parisinos.
Las entradas cuestan 10 euros, y permiten el acceso al Museo y exposiciones. Con el Paris Museum Pass la entrada a las colecciones está incluida. El acceso a la sala Atelier Brancusi, situada junto al Pompidou, en la misma plaza, es gratuito. Aquí encontraremos las obras que este artista rumano cedió al Estado francés.
Así completamos un recorrido estupendo por el arte moderno y contemporáneo, por las panorámicas y por el genial ambiente que nos brinda este rincón parisino.
Fuente: eldiariodelviajero
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París: El Cementerio de Montparnasse
El cementerio de Montparnasse en París es una especie de atracción turística más para la tropa de vivos que van a rendir homenaje a los muertos. Entre ellos, se encuentra un gran número de escritores y artistas. Las tumbas de Sartre, Beauvoir, Vallejo, Maupassant, Ionesco van desfilando entre miles de personajes que no han tenido la suerte o la desgracia de ser famosos. El cementerio está formado por un armonioso conjunto de callecitas y senderos con flores y lápidas a ambos lados. En su entrada hay un mapa donde nos sitúa las tumbas de su polvo más célebre.
Cuando uno llega a la tumba de César Vallejo le vienen a la memoria unos famosos versos “Me moriré en París con aguacero, un día del cual ya tengo el recuerdo.” No en vano, el escritor peruano pronosticó su final y acabó sus días en la pobreza y la soledad de un hospicio parisino.
Encontrar la tumba de Julio Cortázar es como jugar a la rayuela. 3a división, 2a sección, 17 oeste. Extraña diversión en un cementerio. La lápida está dividida en dos, Carol Dunlop, su última mujer en la parte superior y Julio en la inferior. Un montón de piedrecitas sobre la tumba, algún cigarrillo, mensajes escritos: “Julio, gracias por la búsqueda” y flores.
Samuel Beckett ocupa o el cemento que cubre su polvo un lugar prominente a un lado de los pasillos principales. Uno no puede evitar rememorar a Vlamidir y Estragón y hacer algo cómico en homenaje ante su tumba. Desabrocharse las botas y tratar de abrochárselas durante cinco minutos es suficiente.
“Deambulo por los días como una puta en un mundo sin aceras”, posiblemente Emil Cioran sienta en su propio polvo sus palabras, escondido entre las innumerables lápidas del cementerio.
Vivos y muertos: extraño collage. En la serena atmósfera del cementerio de Montparnasse, los curiosos pasos del viajero se mezclan con el silencio final de hombres y mujeres que no son más que polvo y algunos, con suerte, también son recuerdo.
Atracción turística en estado de morbo puro aunque inevitable para muchos. De todas maneras, ningún mal hace llevarle unas rosas a Sartre, un sombrero de copa a Beckett, unos gitanes o una cinta de jazz a Julio o que la embajada peruana se acuerde ahora de César con una banderita.
Justo enfrente del cementerio, en dirección al sur, se halla el restaurante Chez Papa. Cocina vasco-francesa capaz de levantar a un muerto por 10 euros el menú.
Fuente: eldiariodelviajero
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6 cementerios para visitar... mientras estés vivo
La muerte, y todo lo que la rodea, ha sido desde el comienzo de los tiempos un fenómeno envuelto de cierto halo de negatividad y superstición. Visitar un cementerio, por ejemplo, no es plato de buen gusto para nadie, obviamente por todo lo que implica.
Sin embargo, existen cementerios que merece la pena visitar, bien por quien allí está enterrado bien por su interés histórico, como confirman los millones de visitas que cada año reciben de gente vivita y coleando. Los más célebres son los siguientes:
* Père-Lachaise: podría decirse que es el cementerio más grande del mundo y una de las principales atracciones turísticas de París. Fundado por orden de Napoleón, en él descansan los restos mortales de Oscar Wilde, Edith Piaf, Victor Hugo, Marcel Proust, Molière o Frederic Chopin, si bien su inquilino más famoso y mediático es el malogrado cantante de The Doors Jim Morrison (Web oficial – Wikipedia).
* Valle de los Reyes: es una necrópolis del antiguo Egipto en dónde se encuentran las tumbas de la inmensa mayoría de faraones del Imperio Nuevo, así como unos pocos o pocas reinas, príncipes, nobles e incluso mascotas. (Wikipedia)
* Catacumbas de Roma: en ellas se hallan las tumbas de gran parte de los Papas de la religión católica (Web oficial – Wikipedia).
* Forest Lawn Memorial Park: se trata de un cementerio privado en la ciudad de Glendale (California), y en él se encuentran los restos de celebridades de Hollywood como Walt Disney, Humphrey Bogart o Mary Pickford (Wikipedia).
* Cementerio Nacional de Arlington: se encuentra en Washington y en el descansan muchos de los soldados del ejército norteamericano caídos en combate, aunque también los restos de John Fitzgerald Kennedy y su esposa Jacqueline Kennedy Onassis (Web oficial – Wikipedia).
* Tumba de los Guerreros de Terracota: descubierto en 1974 y declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1987, se trata de más de un ejército de más de 7000 figuras y caballos de terracota a tamaño real enterrados con el autoproclamado primer emperador chino en el año 210 AC (Wikipedia).
Así que ya sabéis, visitadlos mientras estéis vivos y podáis, porque una vez muertos ya podréis ver en el más allá a sus célebres inquilinos.
Fuente: eldiariodelviajero
Los jardines de Versalles
Cualquier día es bueno para perderse por estos inmensos jardines.
Inmensidad, esa fue mi impresión la primera vez que entré en Versalles. El conjunto de jardines y parque ocupa unas 100 hectáreas de terreno, así que se hace imprescindible un calzado cómodo y el tiempo suficiente para no perdernos… o sí.
Porque hermosos rincones para perderse, los hay. El encargado de realizar este proyecto fue el botánico, paisajista y arquitecto André Le Nôtre, persona de confianza del rey Luis XIV. Se tuvo que enfrentar a un proyecto difícil, ya que el terreno era pantanoso y desnivelado.
Pero el resultado ya lo conocemos. Si lo que quería el Rey Sol era un espacio de tranquilidad y paz, que diera cuenta de su poder, para deleite de él y los suyos, lo consiguió. Aunque hoy día cueste encontrar esa tranquilidad.
Instaurador del modelo del jardín francés, este paisaje versallesco se sigue imitando en muchos rincones del planeta. Pero reproducir tanta majestuosidad es difícil… El jardín francés se caracteríza por el poco espacio que se deja a la improvisación. Se puede decir que es el jardín más artificial y racionalizado, caracterizado por la simetría, por la imposición de formas con vistosas perspectivas, por la creación de amplios espacios divididos a través de la colocación estratégica de setos, árboles, estatuas o fuentes.
Para poder orientarnos mejor en nuestro paseo, desde este enlace accedemos a los planos de los jardines y del parque para programar nuestro recorrido buscando los puntos más interesantes.
El jardín parte de un eje central formado por la línea que baja del Palacio al Gran Canal (la “Gran Perspectiva”). En el Gran Canal, con forma de cruz, solían navegar grandes embarcaciones, incluyendo góndolas venecianas para pasear a la realeza. Hoy día es posible alquilar lanchas de remos para navegar en el lago, al menos en temporada alta.
A partir de este eje central los laterales son la parte que más me gusta, con sus laberintos, los pequeños bosques, sus fuentes… Hablamos de los bosquetes o recintos secretos, poco visibles desde el eje central, donde los reyes organizaban grandes fiestas, representaciones teatrales y seguro que sirvieron para encuentros amorosos furtivos…
Si tuviera que elegir alguno de estos espacios, serían el Bosquete de la Colonnade, la Salle de Ball, el Bassin de mirroir o el Bosquete de l’Encenade. Vale la pensa tomarse el tiempo suficiente para descubrir cada uno de estos lugares.
A la derecha de este eje (de espaldas al palacio) se extiende lo que se conoce como el Dominio de María Antonieta, un terreno con más bosque y también con edificaciones interesantes, el Gran y el Pequeño Trianón. Estos espacios no pude recorrerlos en mi última visita a Versalles debido a unos nubarrones amenazantes y a un suelo bastante embarrado. Se necesita un buen tiempo para caminar hasta llegar a estos lugares.
Pero en una ocasión anterior sí pude estar en el Dominio de María Antonieta. El Gran Trianón o “Trianón de mármol” es a mi gusto el más bonito, con sus jardines floridos y el edificio de mármol rosa y piedra dorada. Fue mandado construir también por Luis XIV, para escaparse un poco del protocolo de palacio. Un rincón que no hay que dejar escapar.
El Petit Trianon es un conjunto donde Luis XV hizo construir, en principio, un zoológico, un jardín, una escuela botánica, y un invernadero. Luis XVI regaló el Pequeño Trianón finalizado a su esposa María Antonieta. La aldea de la Reina, junto a un lago, alberga varias casitas de adobe.
Hemos hablado de la necesidad de tiempo y caminatas para recorrer toda la extensión de jardines y parque, pero también existe la posibilidad de alquilar un cochecito eléctrico para recorrerlos. Más económicos resultan los pequeños trenecillos que también recorren Versalles. Los jardines cuentan con varios bares, restaurantes y aseos, de los que se da cuenta en esta página.
Recordad que para entrar a los jardines se paga entrada los días que hay eventos como las Grandes Aguas Musicales (fines de semana de temporada alta). Igualmente, para Dominio de María Antonieta hay que pagar entrada. Desde aquí se pueden consultar las distintas tarifas. Hay partes del lugar que son de acceso libre, el Gran Canal y el Parque, o la zona del Estanque de Neptuno, por donde los habitantes de Versalles y también muchos turistas se dejan caer cada día.
El conjunto del palacio y parque de Versalles, incluyendo el Gran Trianón y el Pequeño Trianón, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979
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Fuente: eldiariodelviajero
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Un puente al cielo
Esta impresionante foto nos muestra al no menos impresionante Viaducto de Millau, una obra de ingeniería que, además de salvar enormes problemas para la comunicación por carretera, tiene la belleza que sólo un genio de la arquitectura como Sir Norman Foster puede dotar a sus creaciones.
El viaducto es parte de la carretera A75-E11 que conecta Paris y Barcelona. La altura promedio de su trazado de más de 2 kilómetros de largo, es superior al de la Torre Eiffel. El tráfico salva el valle del río Tarn a más de 330 metros de altura.
El puente fue construido para aliviar el tráfico en el punto del pintoresco pueblo de Millau, donde se producía un cuello de botella por la afluencia de la principal ruta entre el norte de Francia y la costa del Mediterráneo.
Durante 1993, se llamó a un concurso internacional de ideas. Foster & Partners sugirieron salvar el valle completo con un único viaducto colgante entre las planicies que se abren sobre el valle. Su propuesta revolucionaria ganó y se construyó.
Quienes piensen recorrer en coche esta zona, les cuento que este viaducto magnífico se encuentra a pocos kilómetros pasando Clermont-Ferrand y antes de llegar a Perpignan en dirección al sur.
En este enlace podrán verlo en directo a través de una webcam instalada en el Viaducto Millau.
Fuente: eldiariodelviajero
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El parque más bonito de Francia
Hablábamos ayer del parque más bello de Italia, y hoy le toca el turno al país galo, que también ha decidido a qué espacio verde darle el galardón. En este caso la prensa especializada y expertos en jardines han decidido que el jardín más bonito es el de Atmosphère du Petit Bordeaux, situado en la pequeña población de Saint-Biez-en-Belin, en la región de Loira.
Si bien el jardín ganador de Italia no me convencía demasiado por su barroquismo, éste lo encuentro mucho más bonito. Más grande, más agreste, más colorido, más natural.
He estado recorriendo la página oficial de los jardines (las fotos de la entrada no dejan otra opción) y he hecho un paseo delicioso por las diferentes estaciones en que se pueden visitar. Cada tiempo con unos colores distintos, y cada uno con su encanto especial.
Es un jardín íntimo, de estilo inglés como se presenta en su página web, de una superficie de 1’5 hectáreas, que reúne unas 3.800 especies y variedades de árboles, arbustos y flores diversas. Luces y sombras, relieves, paseos, alamedas… se combinan para ofrecer un regalo a los sentidos.
El parque también ha obtenido el premio de “Jardín Notable”, otorgado por el Ministerio de Cultura y Comunicación francés, que no hace sino remarcar la calidad de este espacio.
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La Provenza
Hace un tiempo les propusimos un paseo “virtual” por la bellísima ciudad de Marsella, y así nos “metimos” en una de las zonas francesas más pintorescas: la Provenza o Provence.
Veamos un poco más en detalle qué comprende esta zona y los atractivos que nos ofrece.
La región administrativa se denomina “Provenza-Alpes-Costa Azul” (o PACA como es más común llamarla) y está situada en el sudeste del país, sobre el Mediterráneo. Limita al norte con la región de Ródano-Alpes, al este con Italia (regiones de Liguria y Piamonte), al sur con el mar Mediterráneo, y al oeste con la región de Languedoc-Rosellón. Rodea a Mónaco, la pequeña ciudad-principado independiente y su capital es nuestra ya conocida, Marsella.
En líneas generales podemos decir que la Provence comienza en Montpellier y discurre por la costa mediterránea hasta la frontera con Italia y hacia el norte llega a los Alpes, casi hasta Grenoble.
El corredor mediterráneo podría dividirse en dos sectores: el más cercano a España con hermosas ciudades como Montpellier, Marsella o Nimes (foto), goza de un clima excelente y además, está muy cerca de la Reserva Natural de la Camargue.
La segunda sección es la tan famosa Costa Azul y allí encontraremos playas magníficas y ciudades como St-Tropez, Antibes, Cannes o Niza,. De nuevo la playa se une a la cultura, al lujo y a las diversas islas que se asoman a la costa (If, Hyeres, Porquerolles, etc…).
El río Ródano, que recorre Francia desde el norte hasta su desembocadura en la Provenza, sirve de eje de comunicaciones. Grandes centros del pasado poderoso de Roma se sitúan muy cerca de él: Nimes, Arles, Aviñón, Orange o Vaison la Romaine. Aix-en-Provence está también muy cerca, así como regiones menos conocidas pero bellísimas como el Ardeche, con sus increíbles cañones (ideal para la práctica del rafting) (foto) o la Camargue, zona de marismas, paraíso para las aves en la desembocadura del río.
El legado histórico lo encontraremos en una zona poco conocida al norte de Nimes y al oeste de Aviñón. Acueductos romanos, iglesias románicas, castillos en mitad de una naturaleza cuidada, pequeños pueblecitos restaurados con callejuelas empedradas y mercados. Merece la pena pasar por Uzès, Vers Pont du Gard, Bourdic, Collias, Saint Quentin la Poterie, Saint Maximin donde se respira el aire típico de la comarca provenzal.
El Parque Nacional de Cevennes se encuentra en el límite occidental de la Provence, lindando con el Macizo Central y la Auvernia. Montañas redondeadas, paisajes olvidados y extremos, cañones, ríos, bosques misterioso. Esta zona fue en otros tiempos refugio de bandidos, de cátaros y camisards. Para descansar y disfrutar de la excelente cocina provenza, nada mejor que parar en pueblos como Anduze o Vezenobres.
Por último, la Provenza nos despide en los Alpes. Ciudades como Gap y estaciones de esquí como Isola 2000 son ya muy conocidas. Se pueden visitar tanto en invierno como en verano, ya que las altas cumbres permiten la práctica de deportes de nieve así como escalada y demás. Y par los más tranquilos, a disfrutar del servicio en uno de sus excelentes spas y de la paz de sus vistas.
Fuente: eldiariodelviajero
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Torre Eiffel
La Torre Eiffel es probablemente el monumento con la imagen más unida a su ciudad y más emblemático del mundo. La primera vez que la vi me sorprendió su grandeza: ya desde el avión su cima destaca en el perfil de París. Después, cuando caminas por la ciudad, parece que inconscientemente tu mirada va buscándola, ésa es la misteriosa atracción que ejerce, conviertiéndose en el eje y guía de París.
Simplemente acercarse a ella, situarse en su base, es espectacular, y subir a lo alto, una experiencia inolvidable. Una manera estupenda de aproximarse a la Torre Eiffel es en barco, en un paseo por el Sena, que hará una de sus paradas muy cerca. También el acceso paseando por la explanada del Champ de Mars es muy bonito.
Si elegimos el metro, yo prefiero bajar en la estación de Trocadero, pues aunque no es la más cercana, nos permite una mejor perspectiva y además conocemos de cerca los jardines de Trocadero con sus espectaculares fuentes y el Palacio de Chaillot.
Aunque existen otras interesantes alternativas con vistas panorámicas sobre París, sin duda esta es la más emblemática. Por ello, también, la más concurrida: se dice que la Torre es el monumento más visitado del mundo, con unos 6 millones de visitas anuales.
Así que intentemos madrugar para que no haya demasiada cola que guardar… Y si estamos varios días en París y es posible no escoger fin de semana, mejor. Sábados y domingo la cantidad de visitantes que quieren subir a la Torre aumenta. También habremos de tener en cuenta que en París no siempre hace días espléndidos y despejados, por lo que en un día de niebla las vistas son nulas desde lo alto.
Si nuestro problema es el vértigo, podemos escoger pararnos en la primera o en la segunda altura visitables. El primer nivel se encuentra a 57 metros de altura, el segundo nivel a 115 metros del suelo y desde allí parte el ascensor que lleva al tercer nivel, a 276 metros. La Torre Eiffel tiene una altura total de 324 metros.
Al primer y segundo nivel se puede subir por ascensor o por las escaleras (ojo, que son más de 1600 escalones). La subida va amenizada con paneles explicativos sobre la construcción del monumento. Las vistas son estupendas desde ambos lugares, sobre todo desde el segundo nivel. Si eliges subir a lo alto, también tendrás oportunidad de contemplar París desde una altura de 115 metros, ya que hay que bajar del ascensor para tomar uno nuevo, más pequeño, que llega a lo alto. De nuevo a guardar cola…
En el primer nivel se sitúa el restaurante Altitude 95, en el que tuve la suerte de cenar hace un tiempo. Volveré sobre él. En el segundo nivel igualmente existe otro restaurante, el Jules Verne.
En lo alto de la Torre, una vez hemos cogido el segundo ascensor más pequeño, existen 2 plantas, y desde ambas se puede disfrutar de unas vistas panorámicas excelentes sobre la Ciudad de la Luz. La primera, más apta para miedosos, está acristalada, con paneles explicativos que nos muestran todo lo que tenemos a nuestra vista.
También, en la parte alta del cristal se escriben las ciudades más importantes que tendríamos si siguiéramos una línea recta, indicando la distancia a la que están. Como curiosidad, Madrid se sitúa a 1053 kilómetros de este punto, y justo a su derecha, pero a 1878 kilómetros, Casablanca.
Subiendo unas pequeñas escaleras, salimos al aire libre. ¡Y vaya aire si el día es ventoso! Sin embargo, no existe ningún peligro, hay una red metálica que impide que podamos asomar la cabeza. Aquí se muestras tras unas cristaleras reproducciones en figuras de cera de Gustave Eiffel y sus ingenieros trabajando en el proyecto de la Torre, o de la hija de Gustave recibiendo a Thomas Edison.
La Torre es obra del ingeniero francés Gustave Eiffel y fue construida para la Exposición Universal de 1889 que se celebraría en conmemoración del centenario de la Revolución Francesa. Era provisional, y estuvo a punto de ser desmontada en varias ocasiones, pero finalmente ha perdurado como muestra de una época y como símbolo de un país.
Si viajamos con un bebé, también se puede subir a la Torre. Vale la pena. Los precios varían según subamos andando o en ascensor, y a qué planta lo hagamos. La subida a lo más alto son 12 euros. Desde aquí se pueden consultar todas la tarifas, horarios y accesos.
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